La Hora de los valientes

|


logo_1

Por costumbre, en este país, cuando uno muere comenzamos a decir lo inefable y mirífico de la personalidad de quien abandona lo terrenal para adentrarse en lo celestial. Habrá quien, aprovechándose de este hecho consumado, no dude en montar el belén a la primera oportunidad que tenga, sabiendo que las habladurías de las lenguas viperinas tienen caducidad llegado el fallecimiento de su persona. Por esta razón, se produce una gran injusticia cuando el reconocimiento es verdaderamente merecido.

A estas alturas, ya estarán algunos un poco saturados de ver, escuchar o leer todo tipo de artículos, noticias, imágenes de archivo, documentales… relacionados con quien fuera el primer presidente de la democracia en España , desde 1976 hasta 1981, Don Adolfo Suárez González. Sin embargo, no hace mucho, alguien muy cercano me aconsejaba que, “sobre la persona de Suárez hay que leer mucho”. Sus derroteros eran distintos a los comunes, sin embargo, cuanto más leo, (y mal que le pese al consejero), más me apasiona su historia.

Nadie puede estar totalmente de acuerdo con todas las acciones que realiza una persona a lo largo de su vida, pero cuando esa persona además es un político, lo extraño es estar de acuerdo en algo (como diría aquel…). Para un estudioso del Derecho y la Ciencia Política, la figura de Adolfo Suárez es de instrucción obligada, y si es de la Universidad de Salamanca, todavía más. Por eso me considero apto para poder hablar de ciertas decisiones con las que hubiese podido tener dudas y posteriormente al ver el resultado, mostrarme totalmente en desacuerdo. Como por ejemplo en la forma en que se afrontó la descentralización del poder. Que por cierto, existe una novela de Fernando Vizcaíno Casas titulada “Las Autonosuyas” donde a modo de ironía se parodian los problemas que supusieron la “repartición de la tarta” y el “café para todos”.

Pero el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra y el papel que la Historia tenía reservado a Adolfo Suárez en su obra “La transición”, era mucho más que eso. Cual jefe de obra, tendió los puentes necesarios entre los españoles para llevar a cabo un gran trabajo de ingeniería llamado “Democracia”. Sus herramientas, el “acuerdo” y la “concordia”.

Como un juguete roto, que ya ha cumplido su función, fue olvidado e incluso repudiado. Lo dejamos guardado en el desván hasta que el destino hizo que fuera él quien desgraciadamente se olvidara de nosotros para siempre. Hay quien nunca le perdonará ciertas conductas y acciones, incluso quien lo considerará un traidor a la Patria. Lo único cierto es que Adolfo Suárez salió a escena, porque era la hora de los valientes.