Ander Medina


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Ander Medina
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El germen de Zapatero


A la vista de lo caótico del campo político, sólo queda preguntarme dónde quedaron aquellas mayúsculas manifestaciones de ciudadanos que se concentraban en la capital española al grito de “Nunca Máis”, contra la Guerra de Irak o, ya en época socialista, contra las negociaciones del Gobierno con la banda terrorista (“España no se compra ni se vende”, ¿se acuerdan?). ¿Dónde ha volado la ilusión ciudadana por el mantenimiento de unos mínimos morales dentro de nuestra sociedad?

Las manifestaciones cesaron. La gente acostumbró a callar. Sólo unos pocos con bandera roja y negra, de yugo y flechas, se arremolinaron ante la retirada de los últimos monumentos de Francisco Franco. Otros pocos salíamos a la calle, todavía en 2010, para pedir la ilegalización de la matanza silenciosa que supone el aborto. Luego, poco a poco, fue ganando el silencio. El viento de la indiferencia soplaba por todos los rincones de España. Nos acostumbramos a lo más detestable que puede proceder de un Gobierno: las prohibiciones. Se prohibió fumar en los bares, rotular en español en los comercios del territorio catalán, se elevó a categoría de derecho subjetivo reclamable ante los tribunales el aborto derogando la despenalización de los tres supuestos de 1983, y hasta comenzamos a ver cómo se tambaleaban los derechos de los creyentes con profanaciones en capillas católicas. Y en las calles de España, silencio. En las casas, televisión. En los bares, fútbol.

Y es que durante las dos legislaturas de Zapatero, España vendió su dignidad de nación. Algo quebró en el curso natural del crecimiento democrático desde 1976: el sentido de gobierno como instrumento de reconciliación nacional. De pronto, sin saber por qué, supimos que la Memoria tenía historia. Y que, además, era de color rojo. La política dejó de ser instrumento al servicio del pueblo y se redefinió como elemento de control ideológico de la Izquierda. A los niños, en los institutos públicos, se les empezó a hablar de la sexualidad –o sexualidades, en plural-, y hasta se les instó a que llevaran a término prácticas más que reprobables. Pocos éramos ya los que allá por el 2011 publicábamos artículos advirtiendo del gérmen que suponía el ideario subversivo y emponzoñador de Zapatero y que, entre otras organizaciones, venía criticando HazteOir. Gérmen que ha parido la situación política actual.

Dejando de lado –por un momento- el monstruo que constituye la formación morada, más preocupante, creo yo, es la falta de aliento ciudadano. La ciudadanía es el toro herido que unos malos matadores han dejado agonizando en el ruedo del silencio; una sociedad deshumanizada, emocionalmente apátrida sin convicción ni amor a España, que dócil ha aprendido a prescindir de sus libertades constitucionales, que ha perdido el sentido de los últimos cuarenta años, que no recuerda la sangre vertida en una contienda civil. Y esta ciudadanía apátrida, moldeada por las legislaturas socialistas, ha elevado a diputado a Pablo Iglesias, a Íñigo Errejón, ha fragmentado la cámara legislativa y convertido las Cortes en una despedida de solteros.

Hemos despertado, desde principios del milenio, ese muerto viviente que fue el Frente Popular, envuelto en su raído sudario de podredumbre moral, cinismo, despotismo y marcado carácter bolchevique. Los políticos, activa, pero nosotros pasivamente. El Partido Socialista nació para defender los derechos sindicales y laborales, pero siempre han coexistido en su seno dos facciones, la conservadora y la revolucionaria. Las últimas elecciones republicanas, hoy hace 80 años, dieron la estacada final al PSOE, que fue absorvido por su facción bolchevique y condujeron a la contienda. Hoy, casi un siglo después, Pedro Sánchez tiene el poder de reconstruir el cadáver del Frente Popular –de infausta memoria-, y ser absorvido por la arrogancia y despotismo de Iglesias, o bien, optar por un Gobierno constitucionalista. Una decisión u otra marcará el futuro, no ya del PSOE, sino de la sociedad.

Pero ésta marchará dormida, se levantará a diario para tomar el metro -porque en Madrid no podrá utilizar el coche-, deberá aprender a renegar de la bandera roja y gualda en Cataluña, deberá acatar las leyes anticonstitucionales de un Parlamento neocomunista que niega su derecho a la propiedad privada, donde sus hijos pertenecerán al Estado catalán, adoctrinados por él. Deberá aprender a renegar de Dios cristiano, primero en lugares públicos, más tarde en su fuero interno, aprender a no opinar libremente por la red contra el ideario de Estado. Creerá que lo normal es que unos titiriteros insulten a las víctimas del terrorismo y que los políticos –con coleta y camisa de mercadillo- estiren el derecho de expresión a su antojo. Aprenderá que ETA ha sido un movimiento político, Otegui un héroe contra el Estado opresor tardofranquista, que deshacerse de un feto es sólo extraer un montón de células, abrir la puerta a una mujer para que pase primero que el hombre toda una falta punible de violencia de género y estudiará una nueva historia de España donde los vencedores fueron los vencidos.

Que cada cual reflexione. En nuestra mano está defender la grandeza de España, de su Corona, de reconocer los pasos dados durante la Transición. Yo no pertenezo a ningún partido que no sea la empresa de España. Como ciudadanos tenemos el deber moral de no permitir que nuestra Nación de Naciones se queme por las llamas del comunismo más aberrante y frentepopulista. A mí no me callarán: España no se romperá. La Monarquía no fenecerá. Y si los enemigos de la Patria, embrutecidos, quieren conducir nuestro país a la ruina, insto al Gobierno en funciones y a las instituciones políticas a usar los medios, legales o ilegales, pero en todo caso legítimos que garanticen la dignidad de España y los españoles, aunque como decía Sánchez Dragó, “España es ya un país de fiesta, siesta e Inhiesta”. Quiera Dios que nos despertemos a tiempo y, en todo caso, que Él Nos asista.


Ánder Medina Alfonso

Concejal de Cultura de Espeja

martes, 16 de febrero de 2016.
 
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